ESAS JÓVENES HIJAS DE PUTA (Acoso)


© Publicado el 2512015 por A. Pérez Reverte en XLSemanal

  • Aunque se trata de un artículo sobre un trágico caso de Acoso Escolar sirva para recordar a los lectores que el Acoso en cualquiera de sus formas es un acto cruel e inhumano, considerado como una aberración social intolerable en cualquier país realmente libre, civilizado y avanzado.

Supongo que a muchos se les habrá olvidado ya, si es que se enteraron. Por eso voy a hacer de aguafiestas, y recordarlo. Entre otras cosas, y más a menudo que muchas, el ser humano es cruel y es cobarde. Pero, por razones de conveniencia, tiene memoria flaca y sólo se acuerda de su propia crueldad y su cobardía cuando le interesa. Quizá debido a eso, la palabra remordimiento es de las menos complacientes que el hombre conoce, cuando la conoce. De las menos compatibles con su egoísmo y su bajeza moral. Por eso es la que menos consulta en el diccionario. La que menos utiliza. La que menos pronuncia.

Hace dos años, Carla Díaz Magnien, una adolescente desesperada, acosada de manera infame por dos compañeras de clase, se suicidó tirándose por un acantilado en Gijón. Y hace ahora unas semanas, un juez condenó a las dos acosadoras a la estúpida pena -no por estupidez del juez, que ahí no me meto, sino de las leyes vigentes en este disparatado país- de cuatro meses de trabajos socioeducativos. Ésas son todas las plumas que ambas pájaras dejan en este episodio. Detrás, una chica muerta, una familia destrozada, una madre enloquecida por el dolor y la injusticia, y unos vecinos, colegio y sociedad que, como de costumbre, tras las condolencias de oficio, dejan atrás el asunto y siguen tranquilos su vida.

Pero hagan el favor. Vuelvan ustedes atrás y piensen. Imaginen. Una chiquilla de catorce años, antipática para algunas compañeras, a la que insultaban a diario utilizando su estrabismo – Carla, topacio, un ojo para acá y otro para el espacio -, a la que alguna vez obligaron a refugiarse en los baños para escapar de agresiones, a la que llamaban bollera, a la que amenazaban con esa falta de piedad que ciertos hijos e hijas de la grandísima puta, a la espera de madurar en esplendorosos adultos, desarrollan ya desde bien jovencitos. Desde niños. Que se lo pregunten, si no, a los miles de homosexuales que todavía, pese al buen rollo que todos tenemos ahora, o decimos tener, aún sufren desprecio y acoso en el colegio. O a los gorditos, a los torpes, a los tímidos, a los cuatro ojos que no tienen los medios o la entereza de hacerse respetar a hostia limpia. Y a eso, claro, a la crueldad de las que oficiaron de verdugos, añadamos la actitud miserable del resto, la cobardía, el lavarse las manos. La indiferencia de los compañeros de clase, testigos del acoso pero dejandoanuncio de los muy miserables ciudadanos que serán en el futuro– que las cosas siguieran su curso. El silencio de los borregos, o las borregas, que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos. Y el colegio, claro. Esos dignos profesores, resultado directo de la sociedad disparatada en la que vivimos, cuya escarmentada vocación consiste en pasar inadvertidos, no meterse en problemas con los padres y cobrar a fin de mes. Los que vieron lo que ocurría y miraron a otro lado, argumentando lo de siempre. Son cosas de crías . Líos de niñas. Y mientras, Carla, pidiendo a su hermana mayor que la acompañara a la puerta del colegio. La pobre. Para protegerla.

Faltaba, claro, el Gólgota de las redes sociales. El territorio donde toda vileza, toda ruindad, tiene su asiento impune. Allí, la crucifixión de Carla fue completa. Insultos, calumnias, coro de divertidos tuiteros que, como tiburones, acudieron al olor de la sangre. Más bromas, más mofas. Más ojos bizcos, más bollera. Y los que sabían, y los que no saben, que son la mayor parte, pero se lo pasan de cine con la masacre, riendo a costa del asunto. La habitual risa de las ratas. Hasta que, incapaz de soportarlo, con el mundo encima, tal como puede caerte cuando tienes catorce años, Carla no pudo más, caminó hasta el borde de un acantilado y se arrojó por él.

Ignoro cómo fue la reacción posterior en su colegio. Imagino, como siempre, a las compis de clase abrazadas entre lágrimas como en las series de televisión, cosa que les encanta, haciéndose fotos con los móviles mientras pondrían mensajitos en plan Carla no te olvidamos, y muñequitos de peluche, y velas encendidas y flores, y todas esas gilipolleces con las que despedimos, barato, a los infelices a quienes suelen despachar nuestra cobardía, envidia, incompetencia, crueldad, desidia o estupidez. Pero, en fin. Ya que hay sentencia de por medio, espero que, con ella en la mano, la madre de Carla le saque ahora, por vía judicial, los tuétanos a ese colegio miserable que fue cómplice pasivo de la canallada cometida con su hija. Porque al final, ni escozores ni arrepentimientos ni gaitas en vinagre. En este mundo de mierda, lo único que de verdad duele, de verdad castiga, de verdad remuerde, es que te saquen la pasta.

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4 pensamientos en “ESAS JÓVENES HIJAS DE PUTA (Acoso)

  1. Sobre el remordimiento he de escribir algo. La gente usa poco esa palabra por varias razones: vergüenza, sufrimiento, inconsciencia momentánea o permanente… y otros y otras puede que porque en verdad no sientan el remordimiento, algo que afortunadamente, no es mi caso, Lo que también tengo claro, es que la naturaleza nos hizo muy torpes y que todos, quien más quien menos, tienen y tenemos pecadillos (palabra esta que ya no se usa por confundirla con un término estrictamente religioso), Vivimos en una sociedad demasiado cobarde y poco sólida, eso es verdad, como dice el artículo de Reverte y es ahí donde él hace hincapié, pues duele más la indefensión que la ofensa de los psicópatas; ese es el pecado de OMISIÓN.

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    • No me lo creo, Este asunto ha tenido repercusión internacional y es de dominio público, conocen la versión oficial y las falacias y falsedades descontextualizadas que se han difundido con intención de ridiculizar y causar el máximo daño moral.

      La forma más simple de control mental está basada en un estricto y riguroso control de la información que recive y procesa la víctima.

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  2. Una tragedia que no debería suceder. Me conmueve y poco tengo que añadir al escrito. Yo soy víctima de acosos criminal encubierto (llamado gang stalking) desde que redact’e y empec’e a llevar a cabo un proyecto para dependencias gubernamentales. No os podéis imaginar que es vivir ‘esto. No nos dejemos llevar por el miedo (se aprovechan de ello). Publiquemos y denunciemos. Saludos.

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