¿ACOSO MORAL EN CATALUÑA?


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catalunyaMartes, 7 de octubre, 14:50 horas. Ramblas de Pueblo Nuevo, Barcelona. Caminaba con los auriculares puestos, absorto en la conversación que mantenía por teléfono. Alguien se cruza en mi camino y me pide amablemente algo. Me quito un auricular: “Bon día, parla vostè català?”. La persona y el tono de la pregunta parecían buscar mi complicidad.

-Sí, si que parlo català, què desitja?

El hombre que se me había acercado con apariencia de necesitar ayuda vestía bien y rondaba los cuarenta. Nada presagiaba que pasara penuria alguna.

-Miri vostè, és que sóc de Bellpuig i he perdut la cartera i els diners. Seria tan amable de deixar-me diners per agafar el tren de tornada a Bellpuig?

Mi cerebro procesó en décimas de segundo la impostura. Era lo último que me hubiera esperado después de pregunta tan fuera de lugar para tal petición, y reaccioné contrariado:

-Vostè creu que és de rebut que per demanar ajuda necessiti a una persona que parli català? ¿Es que los que hablan castellano los elimina de entrada como insolidarios?

Para entonces, el personaje se había separado unos pasos ante mi reacción airada y buscó en el castellano la complicidad que no había encontrado con el catalán.

-No, no, si no necesito que me hable en castellano. Me sorprende que hablar catalán se haya convertido en un salvoconducto para embaucar a la gente por la calle. No por usted o el catalán, sino por su significado.

Para entonces, el buscón ya se dirigía a otro incauto con el mismo cuento.

El gancho del catalán me había parecido tan significativo de la hegemonía moral del nacionalismo que por unos instantes me olvidé de la persona que estaba al otro lado de los auriculares, tan sorprendida como yo: “Si no lo hubiera escuchado en directo, no me lo creo, ¡qué sutileza!”.

Puede que la anécdota sea intrascendente ante la insurrección institucional que nos prepara cada día el nacionalismo; sin embargo, la ocurrencia revela la atmósfera de acoso moral que el secesionismo ha logrado instalar en la sociedad catalana. ¿A qué sociedad hemos llegado para que un buscón haya llegado a considerar que si recurre al catalán como gancho para generar complicidades étnicas su negocio de pedigüeño será más rentable? ¿Por qué ese señor, que a lo peor está necesitado de verdad, le da mayor importancia a la lengua que hable su interlocutor que a su propia necesidad? ¿Su penuria llama menos la atención del prójimo que la lengua en que se dirige a él?

Lejos de ser una anécdota, es la categoría. Para llegar ahí se han insinuado a lo largo de estos últimos 34 años infinidad de veladas amenazas a quienes no estaban con el proceso, se han soportado múltiples chantajes, se ha satanizado a cuantos abiertamente se han atrevido a denunciarlos y se ha expulsado de la vida social a todos los que, además, podían ser peligrosos por su prestigio intelectual. El acoso moral del catalanismo ha sido constante y ha conseguido que sus víctimas se vayan o callen. O, como en este caso, sepan por dónde sopla el viento, para aprovecharlo. En sentido inverso, los mozos de escuadra ya han hecho varias huelgas con la amenaza de hablar en castellano si no se atendían sus peticiones. Y no ayer, en los años noventa ya hicieron la primera.

Dos ejemplos de esta misma semana nos dan indicios de por qué se dan comportamientos tan extraños. Uno, el linchamiento a través de las redes sociales de Joaquín Brugué a partir de su dimisión de la comisión de control de la consulta soberanista por considerar que no ofrecía “condiciones democráticas”. Como si se tratara de la etarra arrepentida Yoyes, los inquisidores del proceso no le han perdonado tener criterio y decencia democrática. Él, lejos de amilanarse, añadió ayer en El País: “Las cosas se están haciendo tan mal que si viniera un observador internacional y lo viera, creería que Cataluña es Guinea”. Este prestigioso catedrático especialista en procesos electorales a nivel internacional y profesor de la UAB fue propuesto por ICV. Hoy se ha despedido de las redes sociales, harto de que le digan “traidor”, “topo del Estado” y demás lindezas. Aviso para navegantes. El pan de cada día en Cataluña.

Otro escenario, idéntico proceso. Ayer, Mònica Terribas entrevistaba a Rosa Díez desde Catalunya Ràdio. La entrevista es un modelo de acoso al disidente. La mayor propagandista del régimen no tuvo piedad de la portavoz de UPyD. Un ejemplo nítido de acoso moral cuando le espeta a Rosa Díez: “¿Quiere rectificar o matizar esas palabras?”. Venía a cuento de la comparación que la portavoz de UPyD habría hecho entre lo que está pasando en Cataluña y el nazismo. El tono, la autosuficiencia de Mònica Terribas eran la de la típica comisaria política que cínicamente invita al disidente al arrepentimiento antes de pasar a mayores. Escuchen la entrevista, cada pregunta está diseñada para derribar al discrepante. Lo más parecido al proceder de la Inquisición con los herejes. Esta señora nunca se atreverá a acosar a Artur Mas o a Oriol Junqueras de tal manera. Es uno de sus perros de presa. Aunque en esta ocasión salió escaldada.

Seguir leyendo: http://www.libertaddigital.com/opinion/antonio-robles/acoso-moral-en-cataluna-73687/

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